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Oprimir democratizando

junio 4, 2013 1 comentario

Hay una palabra que se ha puesto muy de moda en mi país (Uruguay) últimamente: democratizar. Es una especie de comodín que se usa para describir un proceso de tal forma que oponerse a él adquiera connotaciones tiránicas. Se dice que hay que democratizar la justicia y los medios de comunicación por ejemplo.

¿Es siempre bueno democratizar? Creo que no y no porque prefiera algún tipo de tiranía, sino todo lo contrario. La dicotomía que se plantea habitualmente es la de democracia versus tiranía. La democracia sería el gobierno del pueblo y la tiranía el gobierno de una minoría (a veces una sola persona). El pueblo sería toda la población y la minoría una parte pequeña de ella. En la democracia el pueblo tomaría las decisiones y por lo tanto el pueblo tendría las herramientas para buscar el bien para sí y evitar el mal. En la tiranía el pueblo estaría expuesto a los caprichos de una minoría y no tendría las herramientas para mejorar su situación. Planteado así parecería que si se busca el bien del pueblo la democracia es más que suficiente. El problema es que el pueblo es una simple abstracción. La voluntad del pueblo en las democracias es la voluntad de las mayorías. Esas mayorías pueden ser tan pequeñas como la mitad más uno. En la democracia hay sometimiento al igual que en la tiranía. La diferencia es por un lado cuantitativa, porque el número de personas sometidas es menor, y a veces también cualitativa, porque el número de opresores puede ser tan grande que atenúe algún posible exceso individual y también que logre reflejar más facilmente el sentido común que no permitiría esos excesos. Pero aún así, en la democracia siguen habiendo oprimidos.

¿Estoy diciendo que dado que la democracia no es perfecta es justificable la tiranía? No. Estoy diciendo que existen otros procesos además de la “democratización” que acentuan aún más las ventajas de la democracia.

La democracia es una forma de gobierno y gobernar implica determinar como serán las cosas, muy probablemente contra otras voluntades. Es bueno recordarlo. Una forma simple es cambiar la inofensiva palabra “democratizar” por una expresión que refleje lo que implica concretamente el proceso. Propongo la expresión “imponer la decisión de la mitad más uno de los ciudadanos con derecho a voto”.

¿Debemos democratizar los contenidos de los medios de comunicación? La pregunta, traducida, sería: ¿debemos imponer la decisión de la mitad más uno de los ciudadanos con derecho a voto, sobre los contenidos de los medios de comunicación? En otras palabras, ¿tienen esas mayorías derecho a forzar a otros a comunicar lo que ellas decidan? Eso es exactamente lo que quieren hacer los gobernantes de turno de mi país. Es a lo que apunta su tiránico proyecto de ley de medios.

¿Debemos democratizar la justicia? ¿Sería bueno que por ejemplo en lugar de jueces profesionales e imparciales que simplemente apliquen la ley, la mitad más uno de los ciudadanos con derecho a voto ocupe su lugar? Democratizar, o sea, imponer la voluntad de esa mayoría es nuevamente insuficiente y potencialmente contraproducente. Esa mayoría no tiene derecho a hacer lo que decida. Solo porque lo decida ella no se vuelve justo. La mayoría haría bien en profundizar otros procesos, por ejemplo “republicanizar” la justicia, o dicho de otra forma, asegurarse de que haya una justicia independiente. Tampoco alcanza con eso, pero es necesario. Otro requisito es que la justicia esté basada en un sistema hecho de tal forma que sea justo. Que este basado en principios genericos y abstractos y no sea una simple formulación de reglas para favorecer a algunos. El acto de hacer justicia no es lo mismo que el acto se gobernar.

Espero que los ciudadanos de mi país reaccionen a tiempo y se opongan a los intentos tiránicos de gobernar lo que debería y puede ser libre. Que su acto de gobierno sea simplemente reconocer y garantizar la libertad en esos planos.

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Por qué no voté la anulación de la ley de caducidad

mayo 21, 2011 Deja un comentario

Para los que no sepan de que estoy hablando, en mi país existe una ley popularmente conocida como “ley de caducidad”, que es una especie de amnistía para determinados delitos cometidos por los militares durante la dictadura que duró entre 1973 y 1985. En 1989 y 2009 hubo dos plebiscitos para intentar eliminarla de alguna forma y ayer, viernes, estuvo a punto de aprobarse una iniciativa del partido de gobierno con el objetivo de anularla que pasaba por alto la constitución, que nos guste o no, es una garantía en contra del autoritarismo del gobernante de turno. Finalmente la iniciativa no fue aprobada, supuestamente por la objeción de conciencia de un diputado oficialista que le quitó al gobierno la mayoría que intentaba ejercer autoritariamente al forzar a todos sus senadores y diputados a votar en bloque. Digo supuestamente porque existían, además de él, muchos otros objetores al planteo, y ninguna de las opciones quedaba exenta de costo político. Si no apoyaban la anulación iban a perder el apoyo de los que ven a la ley como un atropello a los derechos humanos, pero si la anulación prosperaba iban a perder a los ojos de la oposición y de una parte de los oficialistas la legitimidad como gobierno al no seguir algunas reglas elementales… Fue tan grande la disyuntiva, que el presidente mismo llegó a pedir alternadamente que la anulen y luego que no la anulen… Hasta que al final el diputado Semproni absorbe todo el costo político de oponerse a la ley incostitucional permitiendo al Frente Amplio (su partido) “cumplir” como solía hacerlo desde la oposición: en el plano de las intenciones, quedando eximido de presentar resultados por la excusa de la falta de oportunidades de llevar a la práctica sus “soluciones”. Me pregunto si la conciencia de Semproni fue la más sensible o simplemente sacó el palito más corto en alguna reunión secreta del frente, en la que se dejó a la suerte la inmolación de algún “compañero” prescindible para salvar al colectivo.

Antes de explicar cual fue y es mi postura con respecto a anular esta ley, quiero decir algo para que quede bien claro: obviamente me parece muy mal que se asesine a alguien y comprendo perfectamente los reclamos de los familiares y amigos de los desaparecidos por esclarecimiento y justicia. Creo que es lo que yo haría si hubieran matado a un familiar mío, ya sean los militares o algún guerrillero como los que hoy nos gobiernan. Con esto que acabo de decir creo que ya estoy resumiendo cual es mi postura: hubiera votado la anulación de la ley si se hubiera anulado también su ley hermana: la ley de amnistía a los tupamaros.

Cada vez que explico mi postura a algún simpatizante del gobierno o de los tupamaros, inmediatamente salta con argumentos que no me convencen, pero que se terminan imponiendo por intransigencia y miopía. De lo único que consiguen convencerme es del hecho de que difícilmente voy a convencerlos. El primer argumento que me dan siempre es que los guerrilleros tupamaros “ya pagaron”. El argumento me parece absurdo: ¿por qué defender una amnistía que en realidad no protege a nadie? Si todos los que cometieron crímenes ya pagaron… ¿Para qué quieren la amnistía? La respuesta es simple, incómoda y conocida: hay muchos tupamaros que no estuvieron ni un minuto presos. Hay gente que robó, atentó contra las instituciones y mató a otros (incluso a alguna persona ajena a la lucha antisubversiva), y hasta hoy no han “pagado”. No solo no han pagado, sino que no han renegado de su pasado y siguen con la misma mentalidad. Algunos de ellos incluso recibieron compensaciones económicas por haberse exiliado y siguen participando en la sociedad con la misma prepotencia peligrosa que en el pasado les dio el derecho, a sus ojos, de decidir quién merecía vivir y quien no, o que alguna vida desconocida valía menos que su “revolución” o incluso que algún operativo. Cuando señalo este hecho la gran mayoría muestran el verdadero motivo de su miopía: creen que lo que hicieron los tupamaros estuvo bien. Cuando llego a este nivel, de repente me encuentro a la vista de los tupamarofilos (por llamarlos de alguna forma), en un bando de una lucha idiota que ocurrió antes de que yo naciera. Soy para ellos un simpatizante de los militares.

A los tupamarofilos quiero decirles que no estoy a favor de nada de eso. No voté y voy a seguir sin votar sus anulaciones mientras sus leyes para cerrar definitivamente las heridas del pasado (como afirman que harían con su ley), no incluyan la anulación de todas las amnistías que existen. Me cansa tener que ver como les brillan los ojos cuando hablan de Ernesto Guevara (alias “el che”), alguien que no me simpatiza para nada y me parece un sanguinario sádico y asesino. Me cansa que me venga a hablar de insensibilidad para las víctimas alguien que lo admire. Yo no justifico a los militares, pero sé que muchos de ellos se justifican en que luchaban contra un asesino como él (no sin razón, dado que los tupamaros abiertamente expresaban su admiración por él y por ejemplo hicieron su asalto a la ciudad de Pando en el aniversario de su muerte, para conmemorarla). Los militares van a decir que luchaban contra un grupo que tenía el poder para crear un régimen como el de Stalin y que usaron los medios necesarios, y los tupamaros van a presentar una visión romántica de todo lo que hicieron. Yo no estoy a favor de ningún atropello, y lo que para mí pasó fue lo siguiente: un grupo de personas con severos problemas mentales, empatía nula, megalomanía y sed de poder intentaron crear un movimiento foquista destinado a mostrar que la capacidad de represión del gobierno (al que veían acertadamente o no como opresor) era saturable. La idea era que ante la constatación de este hecho, se genere caos social y las masas se transformen en carne de cañón de su revolución. El gobierno le dio poder a los militares para combatirlos, y los militares no quisieron devolver el poder. Hoy algunos siguen creyendo que tenían razón en atacar a las instituciones con un movimiento foquista, y otros siguen creyendo que mantuvieron justamente el poder que consiguieron circunstancialmente, y del cual abusaron como seres malvados que eran. Se me pide que apoye la visión de la historia de los tupamaros, y me niego. El día que en verdad la sociedad uruguaya esté preparada para tomar responsabilidad y castigar justamente a los que cometieron atropellos, sin importar bajo que presunta causa o bandera lo hicieron, tendrán mi apoyo. Mientras tanto que me dejen tranquilo: yo no les hice nada y no quiero vivir en un mundo en el que todas mis acciones posibles sean posicionarme en algún bando que se creó antes de que yo naciera. Esta es mi vida y me pertenece, y quiero usarla para crear algo y no simplemente moldear, emparchar o alimentar los errores ajenos.